Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres

Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres

El domingo 4 de octubre, en la Santa Cena, la palabra nos recordó que Cristo nos libertó del pecado para que le sirvamos por amor.

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El domingo 4 de octubre, en el segundo culto del día, celebramos la Santa Cena. Antes de la alabanza leímos Marcos 15:34. En la cruz Jesús clamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Aunque se sintió solo, el Padre no lo dejó. Esa cercanía es para quien hoy siente que ora y no es escuchado.

El mensaje se tituló «¿Quién de verdad es tu Señor?» y se leyó Romanos 6:15-23. La libertad que Pablo describe no es hacer lo que se quiere. Es dejar de servir al pecado, que paga con muerte, para servir a Dios, y esa obediencia lleva a la santidad y a la vida eterna. «La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro».

Se nombró lo que hoy ocupa el lugar de señor: el celular hasta la madrugada, las redes y un evangelio cómodo que canta y no obedece. Jesús fue claro: «Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado» (Juan 8:34). Y enseguida la promesa: «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:36).

La imagen del cierre fue Éxodo 21:2-6. El siervo hebreo, cumplido su tiempo, podía irse libre. Si amaba a su señor, se quedaba, y le horadaban la oreja delante de todos. Ya no servía por deuda. Servía por amor. Cristo nos libertó para que le pertenezcamos de corazón. Filipenses 2:5-11 recuerda que él mismo tomó forma de siervo y fue obediente hasta la muerte de cruz.

Después nos sentamos a su mesa. El pan y la copa no son el cuerpo ni la sangre; los simbolizan. Leímos 1 Corintios 11:23-26 y anunciamos su muerte hasta que él vuelva. La sangre del cordero que hizo pasar de largo la muerte en la Pascua es la que hoy limpia al que cree.

Los pasajes de la tarde

En la alabanza se recordó que en Jesús estaba la vida, y que esa vida es la luz de los hombres (Juan 1:4). La palabra no debe apartarse de la boca: hay que meditarla, guardarla y esforzarse, porque el Señor está con su pueblo (Josué 1:8-9). Él venció al mundo (Juan 16:33) y nos llama a ser luz (Mateo 5:14). También se contó a la mujer que, enferma y apartada, se acercó solo para tocar el borde de su manto (Marcos 5:25-34).

En la prédica volvimos a preguntarnos dónde está el corazón, porque ahí está el tesoro (Mateo 6:21). El corazón es engañoso (Jeremías 17:9) y Dios lo quiere entero. Se recordó el paso de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9), el riesgo de mirar atrás como la mujer de Lot (Génesis 19:26) y de añorar las ollas de Egipto (Números 11:4-6). Mejor es un día en la casa del Señor que mil fuera (Salmo 84:10). Al tibio, el Señor lo vomita de su boca (Apocalipsis 3:16). El agua que él da salta para vida eterna (Juan 4:14). La iglesia es su esposa (Efesios 5:25-27): no se puede amarle y despreciarla. Amarle es guardar sus mandamientos (Juan 14:15) y tomar la cruz (Lucas 9:23). La iglesia del principio perseveraba en la doctrina, la comunión, el partimiento del pan, la oración y en dar al que necesita (Hechos 2:42-47). Por gracia somos salvos, por medio de la fe; es don de Dios (Efesios 2:8-9).

En la mesa se anunció que él va a preparar lugar para los suyos (Juan 14:2-3). La invitación sigue abierta, también para quien se siente indigno (Lucas 14:21-23; Juan 1:12; Romanos 5:8). Como cordero no abrió su boca, pudiendo llamar legiones de ángeles, y dijo «Consumado es» (Isaías 53:7; Mateo 26:53; Juan 19:30). Soportó la cruz con gozo (Hebreos 12:2). Aun el viento y el mar le obedecen (Marcos 4:41). Al despedir el culto se oró con Isaías 53:5, por sus llagas fuimos curados, y con Lamentaciones 3:22-23, sus misericordias se renuevan cada mañana.